Doncella del Verbo
Entre
las distorsiones más comunes de la biografía de Sor Juana
se halla la de suponer que ella deseó, prácticamente sobre
cualquier otra cosa, ser poeta. Esto lo desmienten diversas declaraciones
explícitas suyas, algunas de las cuales cito abajo. Digamos ahora,
empero, que al estetismo lo caracteriza precisamente un desentendimiento
de la ética en aras de la estética; la concepción
de la vida como “obra de arte”. Voluntarismo feroz que sustituye a Dios
con el propio vitalismo, al hacer del “juego estético” el juicio
último de valor. El hombre se transforma así en el “artista”
capaz de “crear” su personal escala ética. Una vez perdida la fe
en el univocismo de la razón moderna el cual buscaba “la Verdad”
de manera total, con una fórmula única, la posmodernidad
ha caído en el extremo opuesto: equivocismo ejemplar, donde no hay
“verdad” posible, sino la que uno se puede dar a sí mismo. Anarquía
del juego estético, de la “vida-obra de arte”, de la “poesía-ética”,
de la “belleza” de vivir “poéticamente”, teniendo sólo al
lenguaje por fundamento. Es entonces el hombre el lugar del cual nace su
moral individual, dependiendo ésta de su voluntad poética,
de su intención “artística”. Algo así había
ya postulado Oscar Wilde, con el afán aquel de “poner en su vida,
no en su obra, su genio de artista”, lo cual, asegura Jacques Maritain,
“es hacer descender a una flauta el arte de la cítara, a un pájaro
la ley de la nieve”, lograr que su vida no fuese “más que una frase
inútil”.
Y, en efecto, “porque el arte (el que es verdadero)
refleja la moral, declarar que exige una vida moralmente peligrosa, y búsquedas
nuevas en moral como en estéticas (es decir, experiencias para hacer
inocente, gracias a los sortilegios del corazón, aquello que Dios
prohíbe) es ciertamente, si se quiere, subordinar el arte a la moral,
pero a una moral que el arte ha violado”.
En el medio sorjuanista quien ha postulado estas
ideas con mayor éxito es, sin duda, Octavio Paz. “Con su confusa
metafísica —dice Ramón Kuri Camacho—, mezcla de esteticismo
de conceptos (las ideas como formas y las formas como ideas, racionalismo
crítico y quididad aristotélica, donde el verdadero ser y
la verdadera realidad sería no ya el individuo ( a pesar de la defensa
que ha hecho de la libertad como constitutivo del hombre) sino su especie,
en virtud de la forma artística.” En él la defensa de Sor
Juana como poeta, rebelde incluso, parece apuntar más a subrayar
esa rebeldía que su indudable talento artístico. Sor Juana
sería así paradigma de la actitud que, personalmente, el
propio Paz espera de (la “especie” de) los poetas. Refiriéndose
a Primero sueño por ejemplo, anota que en el poema “aparece
una pasión nueva en la historia de nuestra poesía [mexicana]:
el amor al saber”. La pasión no es nueva, aclara, mas sí
lo es “que Sor Juana lo convirtiese en un tema poético y que la
presentase con la violencia y la fatalidad del erotismo. Para ella la pasión
intelectual no es menos fuerte que el amor a la gloria”, de manera que
“si el conocimiento parece imposible, hay que burlar el hado y atreverse
[...] El arrojo se vuelve desafío, rebeldía: el acto de conocer
es una transgresión”.
Así, habría una “transgresión
en El sueño, pero ¿contra qué? La monja, dice
abajo, no se halla en la disyuntiva de Pascal: “Sor Juana no está
desgarrada entre el ‘pirronismo completo’ y el ‘cristianismo sumiso’. Ella
separa los dos órdenes, el religioso y el filosófico propiamente
dicho: es cristiana pero, en otra esfera, es insumisa”. ¿En cuál,
puede uno preguntarse, “en la esfera de la poesía”, parece la única
respuesta posible, ahí donde la “pasión intelectual” se asimila
al “amor a la gloria”.
Ya se ve que la “insumisión”, el “tema
poético”, la rebeldía supuesta de poetisa, lo es en último
término a su fe cristiana. Su “pasión filosófica”,
su voluntad de “saber y cantar lo “sabido”, su ser poeta, habríanla
llevado a rebelarse contra su fe.
Como se aprecia, es en el concepto de poeta que
Paz tiene lo que lo lleva a enfrentar conocimiento y fe religiosa, trasponiendo
a Sor Juana su propio ideal: “el protagonista de Un coup de dés
[de Mallarmé] —dice— es el mismo de Primero sueño:
el espíritu humano, sin nombre, sin historia y sin patria, frente
al cielo estrellado”. Y es precisamente este “espíritu humano” despojado
de todos sus referentes, no ya esta persona concreta, “no ya el individuo”,
sino “su especie”. El hombre, privado de sus marcas personales, de sus
hitos trascendentes, de cualquier nexo que lo fundamente, se encuentra,
por supuesto, “disponible” a lo que pretenda devenir. Es la “especie” —en
este caso de los poetas— personificada hoy por Sor Juana, pero no Sor Juana
misma. Para Octavio Paz El sueño se abre, claro, a las “estrellas”,
porque es el acto “rebelde” de seguir conociendo: “la coincidencia entre
Primero sueño y la Respuesta es perfecta en tal sentido,
según Paz: “en esta última, escrita años después
del poema, Sor Juana se despide de su corresponsal diciendo que seguirá
escribiendo: no muestra la menor intención de dejar las letras ni
hay aviso de renuncia y entrega al silencio”. El poema, insiste, “no termina”,
queda, ya se dijo, “abierto”.
El concepto de poeta que tiene Paz (el poeta
no puede menos que rebelarse), no le permite aceptar como posible que uno
de ellos, Sor Juana, no diera tanta importancia al hecho de serlo. Debido
precisamente a que ha puesto como valor supremo para los poetas la voluntad
de “hacerse” tal, es decir, “poeta”, “obra de arte” nacida de la mera voluntad,
no admite que, en el caso de ella, pudiera haber existido otra clase de
metas.
Y es esto exacto lo que los textos de Sor Juana
muestran. Diversas frases, en distintas épocas, permiten ver cómo,
para la religiosa, la preocupación ética estuvo siempre sobre
la estética. Pongo dos ejemplos. Ya al final de su vida manifestaba
esto en la Respuesta a Sor Filotea, cuando, refiriéndose
a cierta crítica suscitada por la inesperada aparición de
su Carta atenagórica, afirmó “que si creyera se había
de publicar, no fuera con tanto desaliño como fue. Si es, como dice
el censor, herética, ¿por qué no la delata? Y con
eso quedará vengado y yo contenta, que aprecio, como debo, más
el nombre de católica y de obediente hija de mi Santa Madre Iglesia,
que todos los aplausos de docta. Si está bárbara —que en
eso dice bien—, ríase [...] que yo no le digo que me aplauda...”
Donde es evidente cómo Sor Juana, puesta a escoger, prefirió
siempre lo ético sobre lo poético.
Otra muestra la encontramos lustros antes, en
la llamada Carta de Monterrey. Ahí la monjita, dirigiéndose
a su confesor, el p. Antonio Núñez de Miranda, quien a base
de “reprensiones públicas” intentaba alejarla de la poesía,
escribe: “si estas reprehensiones cayeran sobre alguna communicacion escandalosa
mía, soi tan dócil que (no obstante que ni en lo espiritual
ni temporal he corrido nunca por cuenta de V.R.) me apartara de ella y
procurara enmendarme y satisfacerle, aunque fuera contra mi gusto; pero
no es sino por la contradicción de un dictamen que en substancia
tanto monta hacer versos como no hacerlos, y que éstos los aborresco
de forma que no avrá para mí penitencia como tenerme siempre
haciéndolos, ¿por qué es tanta pesadumbre?”. Párrafo
en el cual son innegables los valores sorjuaninos: dejando de lado el hecho
de que la poesía, como lo asevera, tuvo en su vida lugar secundario,
lo cierto es que, aunque no hubiese sido así y de resultar atinadas
las reprensiones de Núñez de Miranda, ella, sin chistar,
se habría alejado del trabajo poético. En su alma la estética
estuvo siempre subordinada a la moral.