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els corredors de fons de Benimaclet |
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| I Subida a Los Lagos de Covadonga | |
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CRÓNICA DE UNA ESPATARRADA ANUNCIADA |
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Regresaron muy satisfechos, especialmente Tala, porque habían conseguido subir el Monte Picaio, bajar al Monasterio del Santo Espíritu y volver, casi sin descansar. Aunque aquello carecía de verdadera importancia, porque ocho días más tarde, Talavera se había de espatarrar. |
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| Todo comenzó varios meses atrás, cuando a las insatisfechas ganas de Pepe por emprender una aventura deportiva, se sumó una invitación o reto formulada por el asturiano Julián, más el advenimiento de otro par más de voluntades fácilmente sugestionables: Talavera y Mares. Los cuatro pertenecían a un club de corredores, de nombre Trotamóns de Benimaclet, septentrional barriada de Valencia, y el proyecto que se les había ocurrido no era otro que subir a la carrera a los Lagos de Enol desde el Santuario de Covadonga. | |
| Han quedado para tomar un café después de cenar y Talavera se retrasa tanto que ya no lo esperaban. Pepe se queja de que siempre tenga que estar detrás de Tala como si fuera un chiquillo. Julián anticipa la ruta gastronómica que van a seguir, y todos se muestran entusiasmados, excepto Talavera, inquito como si augurase su futuro espatarramiento. Dice sin que le pregunten que no ha salido en toda la semana. Mares bromea con que lo vió el día anterior por el carril bici, al que conocen como la senda del colesterol, y por casualidad acierta. Reconoce que salió lunes y martes, y luego aún se pica y exagera con que hoy se ha ido solo al Picaio. Pero Pepe le corta en seco la ilusión: "Hazte a la idea de pasarlo mal, porque no has salido con nosotros y has entrenado como te ha dado la gana". Tala asiente con la cabeza. | |
| A las seis menos cuarto en casa de Pepe, para estar a las nueve en Madrid, y a las dos y media en Gijón. El coche es de Talavera, al que se le ha exigido rigurosa pulcritud. Conduce él hasta la circunvalación de Madrid, donde lo cogerá Pepe, comercial avezado, y siempre supervisados por Julián, peregrino por tierra propia. La ciudad queda arás y amanece en ruta; la conversación es animada y variada, excitados por las expectativas del viaje; inflacción de sueño; cuatro toros de Osborne censados hasta la gran metrópoli; los Chichos dejan paso a Simple Minds en el lector de CD; campos de oro y ocre manchados en sangre de amapola; imprescindible carajillo, quien no, café con leche y pastelito. Anidan las cigüeñas en cualquier altura disponible. La cabalgata de móviles da comienzo, Julián a su mujer, Pepe a la suya, al trabajo y a un compañero de trabajo, Tala a su hijo a ver cómo va el taller, y todos, todos, todos a Tala, a preguntarle por cuánto vende la planta baja. Jamón y queso gentileza de Santi después de desembarazarnos de los brazos de medusa que son las carreteras de la capital. Tala se enjuaga con listerine y todos rien; en ese momento, Pepe le devuelve al volante a Talavera. | |
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